Los Leuzzi son conocidos así, en dúo. Y cuando se habla de uno, se habla del otro. Porque, aunque gestionan algunos de sus proyectos por separado, la mayoría son creaciones conjuntas que llevan como firma el apellido y el arrojo compartidos.


Su historia es casi épica. Carlos y Marcelo, dos hermanos nacidos en La Plata pero con fuertes raíces italianas que en el verano del ‘89, rondando apenas los 20 años, se lanzaron a lo que sería su primera aventura comercial en Pinamar: un puesto de comida al paso en un boliche abandonado. Desde entonces, no pararon de crecer. Recorrieron el mundo en busca de ideas y hoy, tras dominar la escena gastronómica en la capital bonaerense, vuelven a elegir poner un pie en el mar.
En esta ocasión, conversamos a solas con Marcelo, quien nos recibió en París, su más reciente rescate y apertura en la ciudad de las diagonales, para contarnos cómo es la experiencia de invertir en la costa.
¿Qué atractivo encuentran en nuestra región?
En Cariló y Pinamar hay un mercado gastronómico y hotelero súper interesante. Las temporadas son muy buenas y existe una energía especial. Yo creo mucho en las energías. Pinamar (cuando digo Pinamar, me refiero a todo el municipio) siempre nos atendió bien y eso nos motiva. Tiene un lindo público y el personal con el que trabajamos es de primera: gente recontra buena, con excelentes condiciones. Es un placer volver a Pinamar y redoblar la apuesta.
Después de la pandemia, la ciudad tuvo una explosión y está creciendo en forma prolija, ordenada. Yo creo que todavía hay mucho por desarrollar gastronómicamente en Pinamar y siempre pensando en elevar la vara, creo que va por ahí.
Si vos hacés las cosas bien, Pinamar te recibe bien. Ya no es más como antes que agarraban un local, pintaban las paredes, levantaban la cortina, ponían cuatro sillas publicitarias y abrían. Y el 2 de marzo cerraban todo y se iban sin haber sumado nada a la ciudad. Eso baja el nivel de la oferta y de la propuesta gastronómica. Pinamar se merece otra cosa, se merece un productor de jerarquía.
Además, Pinamar es el balneario de la costa argentina que compite con destinos turísticos del exterior más cercano como Punta del Este, por ejemplo. Por eso, los empresarios gastronómicos y hoteleros tenemos que hacer las cosas bien. Ofrecer un producto de calidad a un precio competitivo y fundamentalmente estar en lo último de la tendencia.
Nosotros, como empresarios gastronómicos, elegimos Pinamar y queremos aportar calidad y jerarquía al sector. Ese es nuestro compromiso y lo queremos contagiar.
¿Cómo es ser empresario del rubro gastronómico en un país como el nuestro?
Como en todos lados. Yo también tengo locales gastronómicos en Miami y la gastronomía es similar. La cuestión impositiva cambia un poco pero, más allá de eso, la esencia es la misma. Así que ser gastronómico te tiene que gustar. Si lo hacés para ganar plata, no sirve. El éxito comercial y económico es una consecuencia que deviene de la pasión que vos le ponés a esto. Lo importante es hacer productos que vos sientas, que los imagines, que los disfrutes… Yo siempre digo que poner un restaurant es como pintar un cuadro. Vos mirá el lugar en el que estamos (confitería París de La Plata): nosotros lo pensamos, lo procesamos, lo armamos y luego lo ponemos a disposición del público. En ese momento, la obra deja de ser tuya y pasa a ser del consumidor.
Cada local que abren parece responder a un concepto gastronómico y estético singular que se diferencia del anterior. ¿Eso tiene que ver con gustos personales o con tratar de abarcar todos los públicos posibles?
Siempre hacemos productos que primero nos gustan a nosotros. Como te decía recién, es pintar un cuadro. Primero me imagino un concepto, un tipo de carta, de comida, de ambientación y demás. Luego me visualizo como consumidor de ese producto y de ahí parto. Yo viajo mucho y por supuesto que veo las tendencias que hay en el mundo. Me enamoro de las tendencias y trato de replicarlas.
Detrás de sus propuestas se encuentra una mirada del mercado gourmet más bien innovadora pero también hay lugar para el rescate de lo tradicional: ¿cómo fue que decidieron hacerse cargo de un emblema de la cocina pinamarense como es Tante?
Lo de Tante se dio porque José Pablo de León, que fue su fundador, decidió retirarse de la gastronomía y nos contactó para ver si a nosotros nos interesaba continuar con su legado. Somos muy respetuosos de lo que él supo generar y, desde ese lugar, tratamos de honrar un trabajo que llevó adelante durante 30 años. Tante es un emblema, sí. Vos decís Pinamar y decís Tante, pues quién no ha ido a Pinamar y a comer a Tante.
Nosotros somos generadores de concepto pero en el caso de Tante fue un placer, un orgullo dar continuidad a lo que José Pablo logró construir.
¿Qué características no puede dejar de tener un producto de la marca Leuzzi?
Lo que no puede dejar de tener, primero, es un ambiente agradable. La parte estética de un local es fundamental. Yo siempre digo que cuando vos vas a consumir gastronomía, ponés en práctica tus cinco sentidos. En un local mío vos activás la vista, para mirar todo y que te resulte agradable; el oído, porque nos aseguramos de que lo que escuches suene bien; el olfato, porque es fundamental que el lugar huela bien; el tacto, cuando tocás la vajilla, la servilleta de tela, el cubierto pesado; y, obviamente, el sabor. Todo eso se pone al servicio para que vos dispares. La idea es que te lleves algo para contar. Hoy, por ejemplo, estamos acá sentados en la París y vos decís: “¡Uy, mirá, el café pasa por los tubitos!” Eso es creatividad, eso es innovación, y es lo que trato de lograr en todos mis proyectos.
¿En qué aspectos se reconocen como hijos de familia panadera?
¡En todo! Es un orgullo, para mi hermano y para mí, venir de una familia italiana, con todo lo que significa la comida para los italianos, y de panadería. ¡Yo nací en una panadería! En las antiguas panaderías de barrio, la cuadra y los hornos estaban en la parte de atrás. Adelante, el mostrador y arriba, la casa. Entonces, durante toda nuestra infancia pasábamos por la panadería para ir a jugar a la pelota y amanecíamos cada mañana con el olor a pan recién horneado. Y ahí aprendimos viendo el esfuerzo, el trabajo, el sacrificio. Es una tarea ardua que se hace de madrugada y, en ese entonces, los 365 días del año, con un respeto muy importante por el producto y sus procesos. Así que venir de una panadería es un orgullo y me sirvió muchísimo para trasladar esos conceptos a la gastronomía general. Nosotros pertenecemos a la industria de la hospitalidad, en la que es fundamental la vocación de servicio. Y yo mamé eso en la panadería, cuando era chiquito y mi papá me mandaba a atender el mostrador y a Doña Rosa, que iba siempre, le poníamos dos flautitas, dos minioncitos de más. Eso es parte de la herencia y es muy valioso.